Sant Jordi en 1997

Hace dos años hice una viñeta con unas nociones de dibujo consolidadas cuando tenía 16 años (sí, muy mejorable). La hice para presentarla en un congreso en Salamanca donde hablé sobre la autoetnografía.

Y cuando llega Sant Jordi, siempre me entra el no-sé-qué para compartirla. Allá va.

Es una pequeña ventana a cómo fue mi Sant Jordi en 1997. Una pequeña mirada a una actividad escolar inofensiva e «integradora» que se convirtió en un episodio vital muy importante. La viñeta la creé a partir del trabajo fin de máster en el que hacía una revisión de mi propia escolarización y de algunas prácticas educativas vividas. Del papel que ha tenido la escuela en mi proceso de aprendizaje y crecimiento. Y del episodio narrado en la viñeta, escribía:

Durante los años siguientes fui rescatando recurrentemente las rimas, revisándolas todas para restar importancia a ese origen chino de mi frase y tratando de valorar el esfuerzo de la maestra en simpatizar conmigo. Ya entrando en la adolescencia comprendí que esa fue una de las primeras vivencias en las que “los míos” me veían como si fuera de “los otros”. A partir de esa reflexión, y en multitud de situaciones posteriores, esa evidencia de la sociedad de yo como “otra” se fue exaltando y manifestándose en distintos tonos y lenguajes. Ante éstas, mis actitudes y reacciones eran varias, dependiendo del momento que ocurría y a quienes me dirigía: desde la risa o la indiferencia hasta el silencio, el llanto o la rabia.

A mis 24 años, por fin dejé de justificarlo (y de justificarme a mí misma) con buenas intenciones.

Por fin lo empecé a entender des de una mirada social y sistémica. De cómo me he ido construyendo en una sociedad que me ha ido definiendo, etiquetando, cuestionando. De cómo este proceso para nosotras, personas racializadas, ha sido y es un eje recursivo que revive muy y muy cotidianamente: en un insulto, en una mirada, en una broma, en una expresión lingüística. En una ley, una norma o una restricción social; abiertamente declarada o intencionadamente encubierta y suavizada. En diferentes tonalidades, intensidades e intenciones. En diferentes manifestaciones de una mirada que lleva construyéndose desde tiempos coloniales y que a día de hoy se deja entrever expresada en formas contemporáneas y «modernas».

Y desde mi ámbito de actuación, vi la importancia en repensar las prácticas educativas desde éste ángulo, de analizar la forma y el contenido, la narración, la mirada, el trato. Las palabras, el afecto y las intenciones. Porque no es suficiente con promover espacios de encuentro e intercambio cultural, de promover la diversidad en positivo. Es necesario transformar los espacios en términos de contenidos y praxis, de dejar entrar en la escuela catalana no sólo lenguas de moda (como lo es ahora el chino) sino de atender a la dimensión poliédrica de la cultura englobando el ser, el vivir, el entender y el aprender. Rectifico: no es sólo dejar entrar, sino dejar espacio para que se exprese, para que esté en un diálogo en condición de equidad real. Es, pues, equilibrar el espacio de poder dentro en las aulas y en los centros: en las asignaturas y proyectos, en las normativas de centro, en las formas de participación de estudiantes y familias, en las maneras de enseñar y aprender… en entender que la escuela no es únicamente catalana. A pesar de que durante la última década se está hablando más sobre esto, hace ya más de 30 años que lo dejó de ser.

Creo que es necesario hacer un ejercicio de verdadera humildad, de autocrítica y de revisión para que la escuela intercultural venidera no sea la misma escuela intercultural donde aprendí yo, ni la escuela intercultural donde están aprendiendo mis primas y muchas otras racializadas; una escuela en la que se continúa perpetuando una interculturalidad que mantiene el status quo de una sociedad hegemónica dominante.

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