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La lucha feminista será antirracista, o no será.

Y qué poca presencia hubo entre carteles y cánticos, ayer. Y muy a mi pesar lo entiendo, porque el racismo no se vive desde la mujer occidental. Lo entiendo, porque si no lo vives en primera persona, difícilmente lo llevarás a reivindicar, visibilizar y luchar. Lo entiendo, porque quizás exista esa empatía en el feminismo occidental, pero difícilmente existirá en su discurso. Quizás en imágenes que van en busca de esa hermandad o sororidad, pero no en el discurso. Y lo vi claro, y entendí y secundé las palabras que escribieron Afroféminas: el racismo no está en sus agendas. Y cuando las miles de mujeres presentes ayer seguían la oleada fuerte, fuertísima, de un feminismo que no intersecciona el racismo como base, me hizo tambalear. Me hizo dudar, me hizo no entender qué hacía allí. Qué hacíamos allí.

Hace unas semanas, una compañera feminista me dijo «yo no puedo luchar por ti, porque no vivo tu realidad». Me retumbaron sus palabras varios días, y ayer parecieron revivir en eco. No trato de culpabilizar ni de señalar. Trato de compartir una reflexión que hace varios años retumba en mi y que creo necesario para absolutamente todas. Para las no racializadas, encontrar puntos de unión y de sororidad e interseccionalidad reales; espacios de diálogo y de trabajo que se traduzcan en espacios realmente compartidos de lucha. Para nosotras, mujeres racializadas, sacar en consciencia cómo nuestra piel nos hace vivir la doble opresión de ser mujer y de origen diverso aquí; donde vivimos, somos y nos construimos. Para nosotras, consolidar y fortalecer nuestro discurso feminista antirracista es prioridad. Porque en palabras como «qué atrevida eres por ser china» o «tengo una filipina en casa» se leen discriminaciones indisociables.

A mis compañeras, no estáis solas. Somos muchas, estamos en efeversencia. Nos uniremos y lucharemos por nosotras, por nuestras hermanas y por nuestras madres.

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